
Domingo 15 de febrero. Día para la historia. Comentario ya convertido casi en lugar común, mas no por ello menos cierto. Lugar común que más bien lo convierte en patrimonio colectivo, nuestro, desde nosotros mismos. El domingo 15 de febrero, casi a las diez de la noche, los numeritos contaron lo que ya el ambiente venía trayendo: el triunfo de la opción SÍ (así, con tilde de afirmatividad, muy olvidada en las propagandas). Gana el SÍ y entra oxígeno a las filas, a las múltiples e incontables filas y columnas de la gesta social, del parto nacional en que nos encontramos desde hace unos años. El SÍ dibuja sonrisas porque borra, por momentos, recuerdos de derrotas, unas pequeñas, otras más profundas. el SÍ hace olvidar por una semana o dos los descalabros y errores que condujeron a perder el referendum para la reforma de la Carta Magna e igualmente el haber perdido el 23 de noviembre algunas gobernaciones estratégicas ya ganadas. Ese mal sabor de boca o de alma quedará como recuerdo amargo... por un ratico. No hay que perder de vista que la oposición sumó votos a su concurrencia (digamos que poco menos de un millón de votos) y eso es algo importante a tener en cuenta. Ellos lo saben y, también, teniendo fresca su derrota, la derrota del NO, vendrán mansitos a querer conciliar, a querer equiparar 54% con 45%, a hacer parecer esos 9 o 10 puntos porcentuales como algo nimio (recuerdo que el NO de la reforma constitucional ganó por menos de 2 puntos porcentuales). Esas estrategias, viejas, manidas, lo son, sin embargo, porque son efectivas si se les deja correr mucho. La pregunta buena es ¿cómo hacer para que esta victoria del SÍ sea realmente un punto de arranque efectivo para tantas cosas pendientes en el proceso de cambio que nos ocupa? Las buenas intenciones de las tres R (revisión, rectificación y reimpulso) no deben quedarse en discursos, en asentimientos casi que de resignación. Digamos que esas tres R es lo mínimo que podemos hacer. Son sólo tres, la mínima cantidad de patas necesarias para equilibrar una mesa, el número mínimo de lados para construir una figura que encierre un área. Tres, que son profundas tres. Cada uno de los que realmente amamos esta construcción colectiva sentimos lo que tenemos que hacer. Cada uno de nosotros, lo sé, sabe por dónde apuntalar su propio proceso para que se convierta en parte importante, fundamental, de ese accionar colectivo del que somos parte indisoluble. No voy a mencionar, por obvio ya, que lo que hagamos debemos hacerlo como si en eso nos fuera la vida. Los cristianos lo cantan muy hermoso cuando dicen "y todo lo que hagais hacedlo de ánimo como para el Señor"... mutatis mutandis, cada religión o cada creencia lo dirá a su manera: es sentido común hecho práctica. No hay otra forma de construir que no sea desde el amor; si no, no vale la pena o dentro de muy poco tiempo todo caerá en el olvido. Esa desidia es un punto a vencer y hacerlo pasa por conocernos como partes inseparables de un colectivo, hacernos partícipes de este mundo desde el entendido de la ecología como esa ética del vivir en y para este mundo que nos define. Conózcase, reconozca a su vecino, a su pareja, a su compañero o compañera de trabajo, pero no cierre su coto cercano por egoismo o por una supuesta "precación". Entréguese de manera constructiva, desde el amor y la sonrisa. Sepa de ellos, sonríales, haga que le importe lo que a ellos les sucede. No hay manera de construir socialismo alguno sino desde la práctica de la acción socializante, de convertirme en el otro o la otra, de ser necesario.
Haga de cada sitio donde su vida se manifieste un ámbito mejor de lo que era cuando llegó. Sépase parte definitoria del mundo en el que habita. Sépase un crítico constante de las cosas que en ese mundo suceden. No tome como naturales tantas cosas sólo porque estaban allí cuando usted llegó a este mundo: en esas costumbres, en esos tabú, pueden esconderse escollos inmensos que muchas veces somos incapaces de derrumbar, por tradición, por temos e, incluso, por un falso amor. Seamos críticos, seamos subversivos, construyamos desde la crítica. No tenemos más salida si no queremos volver y volver sobre lo andado y tropezar con sus detritos o con su estiercol. El trabajo es intenso e inmenso. El proceso no se detendrá, pero tenemos que trabajar más para hacerlo más fluido, más efectivo para que cada día vayamos logrando maximizar la felicidad posible, que es la justificación de un buen gobierno.
Haga de cada sitio donde su vida se manifieste un ámbito mejor de lo que era cuando llegó. Sépase parte definitoria del mundo en el que habita. Sépase un crítico constante de las cosas que en ese mundo suceden. No tome como naturales tantas cosas sólo porque estaban allí cuando usted llegó a este mundo: en esas costumbres, en esos tabú, pueden esconderse escollos inmensos que muchas veces somos incapaces de derrumbar, por tradición, por temos e, incluso, por un falso amor. Seamos críticos, seamos subversivos, construyamos desde la crítica. No tenemos más salida si no queremos volver y volver sobre lo andado y tropezar con sus detritos o con su estiercol. El trabajo es intenso e inmenso. El proceso no se detendrá, pero tenemos que trabajar más para hacerlo más fluido, más efectivo para que cada día vayamos logrando maximizar la felicidad posible, que es la justificación de un buen gobierno.
JUAN CARLOS SOTILLO M.

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